Una
casa en un barrio decente, encalada, con tejado a dos aguas y una
cerca blanca rodeando el jardín cubierto de hierba. Con piscina, sí.
Los niños disfrutarían muchísimo con una piscina. Y se criarían
en un ambiente sano y puro. Un coche nuevo no vendría nada mal,
claro. No es que estuviese deseando jubilar el viejo utilitario, que
también; es que ya se había quedado pequeño para tanta familia, y
sería un coñazo llevar a los niños al colegio en él. Un
monovolumen de esos nuevos, espacioso, robusto y fiable, sí. Elena
podría dejar de trabajar y terminar la carrera que tuvo que dejar
cuando nació el primero de los niños. A lo mejor después de
comprar la casa y el coche se podría guardar algo en el banco para
estar un poco desahogados durante un tiempo. Quién sabe, es posible
que, ingeniándoselas un poco, también él pudiese dejar de trabajar
en el almacén y dedicarse enteramente a entrenar. Sí, la vida
cambiaría. Cambiaría su vida y la de su mujer y la de sus hijos.
Todo iría mejor.
Era
fácil. Era rápido. Era sólo dejarse tumbar en el cuarto. Sólo
eso. El reloj del vestuario seguía avanzando pesada pero
irremediablemente. Era fácil. No requería esfuerzo. Sólo dejarse
tumbar. En el cuarto. Cerró con fuerza los ojos, apretó la boca e
hizo lo que tenía que hacer: salió a ganar.





